Superar el filtro es un paso, no una victoria. Con la puerta abierta, todo se juega en treinta minutos de conversación, y ahí se pierden la mayoría de las buenas candidaturas.
La buena noticia es que las preguntas que hacen tropezar son casi siempre las mismas: háblame de ti, tu mayor fracaso, por qué este puesto, tus pretensiones. Parecen sencillas, no lo son, y nadie las responde bien a la primera.
Lo que marca la diferencia no es la soltura natural, sino cuántas veces ya has formulado la respuesta en voz alta. Un ejemplo con cifras, una estructura clara, una duda menos.
Practicar con una oferta real, con un reclutador que insiste cuando la respuesta se queda vaga, cuesta mucho menos que una entrevista perdida.